jueves, 27 de mayo de 2010

La Esfinge en la Argentina



El economista y profesor Alieto Guadagni acaba de publicar un artículo de excepcional actualidad. Se titula “Distribuir con lealtad” cuyo subtítulo anuncia su contenido: “Es hora de respetar el federalismo en la coparticipación impositiva” (La Nación, Mayo 26,2010, p.21).
A nuestro juicio lo menos que uno debe hacer, más allá del examen de las propuestas, es felicitar al autor por abordar esa materia. No existe entre nosotros una conciencia viva que nos advierta sobre la posición heliocéntrica que ocupa en nuestro orden social el régimen de impuestos creados por el derecho positivo para solventar el gasto a cargo del Estado.
Es indispensable avivar la conciencia ciudadana y despertar el alma dormida de los hombres públicos argentinos, antes que sea demasiado tarde.
Las maneras en que los gobiernos han recurrido para hacerse con fondos, ha sido siempre una cuestión de alto voltaje. El régimen que los gobiernos han establecido siempre han afectado a las esferas de vida cultural, política, jurídica y económica y con ello a las conductas y la moral social de las personas. Pero si bien siempre ha tenido importancia, nunca la tuvo como en esta época de consolidación de Estados nacionales con gobiernos democráticamente sostenidos.

El derecho positivo dictado en Estados democráticos, dada la natural coacción que el derecho exige y la multiplicidad de fines que se le asignan, lo pueden convertir en un arma letal si se yerra en los fundamentos tenidos en cuenta para dictarlo.

El principio “no taxation without representation” ha dejado de ser un seguro suficiente para evitar los daños que pueda causar el régimen de impuestos. Cuando se desconocen ciertos principios que hacen compatibles la formación del tesoro publico con las libertades individuales y el bienestar general, y en cambio lo el único que se tiene en cuenta es la necesidad de solventar el gasto, la sociedad toda se asoma a la ruina. Aunque las leyes hayan sido aprobadas por la mayoría. Las libertades se pierden una a una, mientras – paradójicamente - el tesoro público merma frente a demandas públicas y privadas crecientes. El endeudamiento crónico del Estado y la inflación aparecen como sustitutos de un mal sistema de impuestos. Proponer “recortar el gasto” no pasa de ser mera promesa, porque la mayoría ya sufre padecimientos ajenos a su voluntad y el Estado de base democrática pasa a ser el asilo de aquellos a los que él , con su erróneo legislar, ha lisiado.

Comienza Guadagni por sostener que en el debate sobre el impuesto al cheque ha habido algo negativo. A su juicio se ha omitido lo principal: “que se trata de un impuesto negativo para las actividades productivas”. Estamos de acuerdo. Pero, a su juicio, ha arrojado un saldo positivo : “las propuestas sobre la coparticipación provincial han abierto la discusión sobre la postergada cuestión de la coparticipación de impuestos, esencial para saber si seremos una nación federal como afirma la Constitución o se consolida la actual republica unitaria”. Aquí arranca nuestro desacuerdo, al que adrede planteamos para poner en tela de juicio a todo el régimen impositivo argentino vigente. El nacional y el de cada una de las provincias.

A nuestro juicio cuando para defender al federalismo se pone en el centro del debate la cuestión de una “correcta ley de coparticipación”, se pone el carro delante de los caballos. Discutir sobre la “coparticipación” , se trate de un solo impuesto o de la mayor parte de ellos, solo tiene sentido en la medida que por anticipado se ha renunciado en algún grado y respecto de ellos al sistema federal. Lo prueba la historia del sistema de impuestos vigente. El caso inicial y más grueso, pero no el único, fue la creación a favor de la nación del “impuesto a los réditos” en el año 1932. Fue con carácter excepcional y provisorio. Tan solo por tres años. Este “provisorio” impuesto, junto con la creación de la oficina nacional para recaudarlo, fue la cepa madre de todo el actual sistema de impuestos. El federalismo en materia de recursos recibió ese año sentencia de muerte; y ésta se ha ido ejecutando progresivamente desde entonces hasta hoy.

Muchas cosas ocurren cuando se constituye un nuevo ser con la mera la fusión de 24 cromosomas con otros 24 en una matriz adecuada. El hecho en si es microscópico. Pero este principio de vida, el apenas comienzo de un nuevo ser, cambia la historia de la pareja, de la familia y a veces el de la humanidad entera. La creación del impuesto a los réditos y el de la oficina para recaudarlos, entonces la DGI, hoy la AFIP, fue la revolución silenciosa mas importante ocurrida en la Argentina desde de 1853. Pudo serlo porque se inseminó esa ley en la matriz más adecuada para generar un orden legal contrario a la Constitución Nacional. El Código Civil de 1869 había establecido un sistema de propiedad sobre la tierra tomado del derecho romano. No tenia que dar por sí solo malos efectos. Algunos fueron decididamente malos (el latifundio); pero también los dio muy buenos, como el posibilitar el rápido pueble del país con legiones de inmigrantes. Pero ya para 1910 los malos efectos comenzaban a ganar a los buenos. La valorización de la tierra, en especial la urbana, y la consecuente especulación con ella, fue la raíz de las crisis de 1877 y 1890 y los graves disturbios sociales de 1907 (huelga de inquilinos), de 1912 (el “Grito de Alcorta”), 1919 (la semana trágica) y 192I (la “Patagonia rebelde”). Era necesario establecer otro sistema de recursos del Estado nacional.

El persistentemente olvidado proyecto de Roque Saenz Peña proponiendo una ley para establecer un impuesto a la tierra libre de mejoras (1914) y semejantes proyectos presentados en el Congreso y el Consejo Deliberante de la Capital por diversos disputados e intendentes (1918/1920), eran medidas prácticas que se hacían cargo de esta realidad. Mas la guerra mundial, los intereses creados y los desvíos ideológicos sepultaron estas brillantes y senatorias iniciativas. La situación se agravó tras la crisis mundial de 1929. Argentina estaba en una grave encrucijada sin clara conciencia de ella y debía tomar una decisión para concretar de una vez por todas lo postulado por la Constitución. Tenía que elegir entre cumplir la consigna de Alberdi (“gobernar es poblar”) aprovechando su vacío territorio poniéndolo a disposición de “todos los hombres del mundo” , que eran millones, o hacer la vista gorda y oídos sordos a la exigencia constitucional. Había que elegir entre posibilitar la recepción de los millones familias que procuraban huir de la locura europea o mantener cerradas las puertas. Había que elegir entre hacer ingresar al mercado de tierras las retenidas en muy pocas manos o mantenerlas como renovadas “manos muertas” para beneficio de la especulación inmobiliaria. Había , en fin, que elegir entre formar el tesoro nacional y el de las provincias recaudando un tanto por ciento del valor de mercado del suelo o hacerlo confiscando parte de los ingresos de los trabajadores.( La única excepción que merece ser recordada fue llevada a cabo en Córdoba por Amadeo Sabatini, cuando aun los gobernadores eran aun gobernadores). En 1932, Congreso Nacional, cometiendo el más terrible de los errores, prefirió la peor de las alternativas. Dictó la ley del impuesto a los réditos; decidió que trabajadores, inversores de capital y empresarios independientes resignaran parte del fruto de su esfuerzo para surtir a la hacienda pública. La obra del Código Civil destinada a facilitar a cada hombre ser dueño de su tierra, se convirtió por causa del sistema de impuestos en la mas letal de las armas contra el desarrollo de la Argentina.

Para muchos sigue siendo incomprensible la decadencia argentina a partir de la “década infame”. Quien ignora o desatiende aquella decisión “constituyente” de 1932 , podrá hallar a su gusto y paladar mil razones – todas distintas - para dar cuenta de la “crisis permanente” y la consecuente decadencia interna y en el mundo de este maravilloso país. Satisfacerá de ese modo su “sentimiento político” o sus devaneos teóricos; pero para desgracia del porvenir argentino con esos trabajos no iluminará la causa profunda del mal orden social argentino. Al contrario, con cada idea, cada teoría, cada recurrencia a la fuerza bruta, sin tener aquello en claro, más y más se ocultará la razón originaria, responsable de los varios extravíos sufridos por nuestra sociedad en las ocho décadas precedentes al Bicentenario.

El colmo se alcanzó en 1994, cuando los constituyentes de entonces, animados por las mejores intenciones, insertaron en la noble obra de 1853 decenas de instituciones accesorias sin rozar siquiera la causa generatriz de los problemas que deseaban resolver. Lo prueba el disponer la nueva Constitución la obligación de dictar una ley de coparticipación de impuestos. Esa ley debió haberse dictado (en teoría y por mandato) de inmediato. Han pasado más de tres lustros y no se ha dictado. El reparto de la “caja nacional” ocurre según normas y costumbres (no todas confesables) anteriores a la reforma. Tampoco se la dictará. Y se dictara, no se cumplirá. No dudo en hacer este vaticinio. Los hechos mandan en este caso. La miríada de impuestos creados a partir de 1932 recaudables por la Nación ha desarrollado un sistema que exige la eliminación practica de la contribución inmobiliaria. La que poca que aun subsiste se ocupa de “las mejoras” y no del valor del suelo. Se ha eliminado al “federalismo fiscal”, base material de todo federalismo.

Por ello las provincias “preexistentes” han evolucionado hasta convertirse, en este punto, en meros “departamentos” del gobierno central. Típico de un sistema unitario. Subsisten los “gobernadores”; pero de nombre , pues de hecho fungen como “intendentes” a las órdenes del poder ejecutivo nacional.

Así son las cosas porque se ha establecido una conjunción entre el sistema romano de propiedad del suelo y un sistema de impuestos que se nutre esquilmando al trabajo. Por ello , para los argentinos, de modo escandaloso y pagano “la tierra es vista como el mejor negocio de la Tierra”.

Un pavoroso efecto social, del que muchos se avergüenzan y millones sufren, es uno de los rostros visibles de esta fatal conjunción. Muestra de una crónica necrosis social. Esta a la vista: millones de seres humanos hacinados en villas miserias, inquilinatos, usurpadores y okupas e indigentes, todos rodeando a las ciudades “capitales” de la Argentina. En grado especial la más escandalosa muestra, la exhibe la Reina del Plata y sus “cordones”, capital de la república. ¿Este hacinamiento general tendrá algo que ver con el “clientelismo”, cementerio de la democracia? ¡Despierta Argentina!

Llegada desde la parte más lejana de Etiopía para causar el terror en la ciudad de Tebas, la Esfinge se constituyó en causa de la ruina de los tebanos. Instalada en uno de los montes de la ciudad de Tebas, se dedicó a asolar la campiña destruyendo las siembras y matando a todos los que no fueran capaces de resolver sus enigmas. Mataba estrangulando. De ahí viene su nombre, ya que cerraba (sphíggein, ‘cerrar’) el paso del aire a los pulmones de los desafortunados que caían en sus garras. El destino de Tebas parecía sellado. Creonte, el rey de Tebas, en nombre de su pueblo imploró clemencia. La Esfinge concedió solo una. Mínima en apariencia , pero dramáticamente valiosa en sus efectos. Le propuso a Creonte que si alguien era capaz de resolver el enigma que ella le presentaba , se marcharía para siempre; si así no ocurriera , la Esfinge mataría a todos los que fallasen hasta lograr la destrucción de Tebas.

Tras la lectura del articulo de Alieto Guadagni, tengo la viva sensación , avalada por la realidad de los hechos , que la Esfinge se ha instalado a las puertas de la Argentina. Esta vez el enigma que nos presenta es éste: ¿De dónde se han de obtener los recursos financieros necesarios para formar el suficiente tesoro público provincial y nacional , de manera tal que ello contribuya a que los trabajadores sean dueños plenos del producto de su trabajo? El enigma es formalmente igual al formulado por la Esfinge de entonces. Si lo resolvemos, el monstruo que nos destruye se marchará.. De lo contrario seguirá matando, como hasta ahora a hecho a los gobiernos elegidos para resolverlo y , lo que es peor, a millones de niños por venir y cancelando la entrada a todos los hombres de este angustiado mundo que verían la Argentina su tierra prometida. Una Argentina con una población con densidad semejante a los países prósperos de Europa, lejos esta de ser una Utopía. A esa densidad – 100 h/m2 – la Argentina tendría una población feliz de 270 millones de habitantes. ¿Honramos a la Revolución de Mayo si no pensamos en estos términos?

La leyenda de la Esfinge es un mito. Pero como todo mito, según enseña Lévi-Strauss, encierra una pregunta existencial. Y en la respuesta que demos a aquella pregunta se juega la existencia de nuestra patria.

Hector Raúl Sandler, profesor consulto, Derecho, UBA

1 comentario:

Jorgelina dijo...

Me expongo a que los dedos de la Esfinge se cierren sobre mi cuello pero creo que la solución la dio hace un tiempo el filósofo urbano (mozo devenido en representante sindical) Luis Barrionuevo: "Si dejamos de robar durante dos años, la Argentina sale adelante". Las condiciones están dadas, sólo hace falta que el dinero vaya dónde corresponda y no a los bolsillos de los supuestos salvadores de la Patria de turno.
Gracias por este excelente artículo.
Saludos
Jorgelina