viernes, 17 de marzo de 2017

Seminario UBA "Villas de Emergencia: Desorden Económico y Social".

El derecho justo de nuestra Constitución fundadora fue burlado por la Constitución Civil para PROGRESO de una minoría parasitaria que vive con miedo en Countrys cerrados y MISERIA para los trabajadores que viven en las Villas de Emergencia.

Macri es el quinto presidente que en democracia no sabe, no quiere y no puede.... en este seminario daremos las reformas para lograr "Pobreza 0" consiguiendo Tierra, Techo y Trabajo para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino. 
Video del evento disponible
https://www.facebook.com/events/169341256913586/?active_tab=discussion



Todos los lunes 17:30
Instituto de Investigaciones Jurídicas y Sociales Ambrosio L. Gioja de la Facultad de Derecho(UBA)

El Viejo Rol de los Martilleros y las Villas de Emergencia

LA OCUPACION ANÁRQUICA DE TERRENOS PÚBLICOS
POR DESTRUCCIÓN DEL ORDEN NATURAL.
                 (Los loteos privados y el viejo rol de los martilleros)              
Dr. Antonio I. Margariti                                                        Rosario,  Agosto de 2015

          Las ciudades argentinas tuvieron históricamente un buen diseño urbano. Las manzanas estaban divididas en clásicas cuadrículas, el área central -de gran calidad- estaba destinada a edificios públicos de exquisita  arquitectura, las plazas y parques diseñados por paisajistas de renombre mundial, las zonas comerciales atractivas, los bulevares y áreas residenciales con viviendas  de categoría y los  barrios suburbanos bien organizados.   
         Casi todas las ciudades estaban rodeabas por  cinturones verdes de quintas y huertas.  Pero todo esto se terminó. Fue en 1977 cuando mentes bien intencionadas pero ignorantes del orden natural sancionaron la ley 8912 denominada “Ley de ordenamiento territorial y uso del suelo”. A partir de ella y en todo el país, los pobres ya no pudieron comprar lotes de tierra por $ 20 mensuales.
         Según refiere el economista Alejandro Bunge (Una nueva Argentina, Editorial Kraft, Bs.Aires 1940-1946 e Hyspamérica Ediciones, Madrid 1984) el actual Conurbano porteño era un inmenso y valioso cinturón verde ocupado por inmigrantes, pequeños ihortelanos que cultivaban la tierra y vendían su producción agrícola de calidad trasladándola a la ciudad capital.
         Alejandro Bunge advirtió al peronismo triunfante que la política de traslados masivos de “cabecitas negras” desde el interior profundo al Conurbano iba a terminar en un caos. Por lo cual instaba a no construir Barrios Obreros, ni grandes Hospitales regionales, Hogares Escuelas de la Fundación Eva Perón  o Centros Asistenciales alrededor de Buenos Aires sino en los lugares donde esa gente nativa estaba viviendo. Pero evidentemente el apetito electoral de contar con votantes humildes captados por los punteros de las Unidades Básicas fue mayor que la idea de equipar y modernizar el territorio allí donde ya vivían los humildes. Con esa migración masiva de “cabecitas negras” armaron curiosas circunscripciones electorales que tomaban toda la Recoleta, seguían por un estrecho cinturón hacia el Gran Buenos Aires y englobaban poblaciones de trabajadores adoctrinados con la doctrina laborista primero o la doctrina justicialista después. 
         Luego, se terminaron los remates bien organizados y no pudieron obtener títulos de propiedad. Comenzó la era de los “countries”, “barrios cerrados” y “urbanizaciones de lujo” donde el lote de un terreno costaba entre u$s 20 mil y u$s 100 mil. Inaccesible para los pobres y la clase media.
         Gobiernos militares y civiles, de derecha y de izquierda, peronistas, socialistas y radicales, no supieron ver el problema.
         Ahora lo estamos pagando con esta inesperada  “invasión de los bárbaros” que reclaman un pedazo de tierra para construir su casilla. Porque lo importante no es regalarles la vivienda, sino que sean propietarios de un lote de terreno adquirido  con sus recursos y que,  de a poco, con esfuerzo y ayuda fiscal puedan ir construyendo y mejorando su casa.

IGNORANCIA DEL ORDEN ESPONTANEO.

         Los gobernantes argentinos tienen una ignorancia genética profundamente grabada en sus ADN :  no saben distinguir entre el orden espontáneo y el orden forzoso. El orden espontáneo surge cuando las leyes amparan la vigencia de estas tres condiciones para la convivencia social.
                            1º  CUMPLIR CON LA PALABRA EMPEÑADA.
                            2º  RESPETAR LA POSESION PACÍFICA DE LOS BIENES AJENOS
                            3º  TRANSMITIR BIENES POR CONSENSO  SIN FRAUDE, NI ENGAÑO
      NI PREPOTENCIA.  
 
         Bajo este orden espontáneo surgieron los barrios, las ciudades y las empresas privadas que dan trabajo a la gente. Cuando el Estado quiso  alterar ese orden espontáneo imponiendo una organización prepotente, obligatoria,  dispuesta por la fuerza de la ley, en algunos casos tecnológicamente avanzada pero sin libertad de elección, entonces  emergió el caos y el desorden que hoy estamos presenciando.
         Y lo mismo puede pasar próximamente cuando se sancionen y apliquen las leyes intervencionistas con las entidades de medicina prepaga,  los medios de comunicación audiovisual, la educación privada, el sistema de tarjetas de crédito y la propiedad privada de la tierra rural.  

TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR.

Hasta mediados de los ‘70, las personas humildes vivían en  barrios del suburbio, en casas de una planta, hechas con mampostería de ladrillos, unidos con  mortero de cal y arena, mosaicos calcáreos en patios y cocina, pisos de pinotea con cámara de aire  en los dormitorios,  techos de chapas de zinc o de ladrillos  cargados sobre la famosa bovedilla catalana.
         Estaban construidas en lotes de 10 varas de ancho (8,356 m),  por un largo de 30 a 50 metros, donde se armaba el gallinero y preparaba la huerta. Casi siempre había una higuera y un limonero.  Eran casas modestas pero seguras y confortables. Se iban  construyendo de a poco,  agregando nuevas piezas a medida que la familia crecía. Los arquitectos las llamaban “casas chorizos”. Alberto Vaccarezza las inmortalizó en el sainete del Conventillo de la Paloma.  
         Si sus ocupantes  tenían la suerte de ser amigos de algunos hábiles albañiles, embellecían  las fachadas con alguna que otra pilastra, zócalos, listeles, frontis triangulares o semicirculares encima de las ventanas,  arquitrabes, frisos y  cornisas que les otorgaban un aspecto sumamente  atractivo. Esos viejos albañiles italianos eran los famosos “frentistas” que construyeron nuestros más emblemáticos edificios. En Rosario hicieron  las residencias del “Paseo del siglo”, que hoy se conservan como ejemplo de arquitectura  Art Nouveau  hechas con material de frente denominado  “piedra París”.


BARRIOS POBRES PERO NO VILLAS MISERIAS.
         Había barrios pobres, muy pobres, pero no existían las villas miserias,  que se multiplican hoy en día,  donde vive una multitud cada vez mayor de  ciudadanos en condiciones tan inhumanas que ni los animales se les asemejan.
         ¿Por qué ha sucedido todo esto?  ¿Porqué esa invasión de parques por miles de familias que se asemejan a los bárbaros medievales ocupando y destruyendo las áreas urbanizadas?  ¿Qué han hecho los sucesivos gobernantes democráticos o de facto  para que las familias tengan que vivir en covachas inmundas, indignas de seres humanos?


COMO FUNCIONABA EL ORDEN NATURAL.

         A pesar de que la constitución nacional lo consigna pomposamente, en materia de erradicación de villas miseria los gobiernos peronistas y no peronistas no han hecho absolutamente nada. Sólo las ha incrementado, para utilizarlas electoralmente como ganado doméstico que se arrea en los actos políticos. Ahora son territorio enemigo porque son “plazas estratégicas ocupadas por bandas de narcotraficantes”.    
Los ideólogos cuando llegan al poder actúan como  las siete plagas de Egipto,  obrando con una perniciosidad sólo comparable con los escandalosos actos de corrupción que cometen a diario.
Destruyeron el proceso natural por el que los pobres tenían acceso a la propiedad privada e impidieron que, en el mejoramiento de la vivienda propia,  volcasen  los pocos pesitos que  podrían ahorrar. De paso cuando esto ocurría el valor adquisitivo del peso se mantenía constante. No había aparecido la demagogia distributista del peronismo secular.

         El proceso natural se desarrollaba de este modo.

         1º Una oficina de rematadores -que gozaba de la confianza pública-  a cargo de un martillero público ofrecía,  a los dueños de baldíos en los aledaños de la ciudad,   convertirlos  en terrenos urbanos. El atractivo consistía en que esa tierra, sin valor agrícola,  podía ser transformada en terreno del conurbano valorizándose sustancialmente.
        
2º Agrimensura. Con un agrimensor,  emprendían la tarea de amojonar y medir el terreno,  estableciendo lotes, con sus respectivos niveles y calzadas. Una vez llevada al tablero la división de la tierra, se dibujaban  lotes y calles, designándoselas  con nombres de patriotas o personas ilustres. Los lotes se numeraban según el  tamaño y la calidad de su ubicación. Una parte del terreno quedaba reservada para construir el templo parroquial, la escuela primaria,  el puesto policial, el dispensario médico y la oficina del registro civil.

3º Plano de urbanización. El plano resultante se llevaba a la Dirección de Catastro o Registro de la propiedad inmueble, donde se  gestionaba la aprobación oficial. En ciertos casos se hacían  trabajos con moto niveladoras para emparejar el terreno, formar  cordones y  trazar  veredas huecas para pasar ulteriormente las redes con distintas cañerías.

         4º Pública subasta. Luego los rematadores organizaban una verdadera fiesta de capitalismo popular, convocando a la pública subasta. Alquilaban medios de transporte para llevar y traer a  los interesados, levantaban  unas atractivas carpas en el lugar de remate, adornándolas  con vistosos banderines  y colocaban enormes carteles anunciando el remate público, incluyendo el plano del loteo.  En el interior de las carpas se colocaban sillas de madera y la multitud de interesados con su familia, esperaban sentados el comienzo del remate. Para hacer más amena la espera, algunos contrataban pequeñas bandas polifónicas de la colectividad italiana o española y  ofrecían un pequeño concierto de canzonettas, pasodobles  y música popular.

 5º Acto solemne. Los martilleros comenzaban el acto realizando  una descripción muy vívida del terreno y aleccionaban a la gente sobre las ventajas de tener una propiedad para asegurarse el techo propio y proteger el futuro de los hijos. Algunos  martilleros egregios, como don Elías Carranza Saroli, don Fernando Pesán y don Angel González Theyler en Rosario, y Francisco F. Vinelli,  Rodolfo Vinelli, Guillermo y Ricardo Vinelli  en Capital Federal,  se convertían en relatores de la historia nacional y predicadores de  normas morales, para confirmar la importancia de la palabra empeñada, el respeto a la propiedad privada y el cumplimiento de las promesas.


6º Escudo nacional. Se solían repartir escudos patrios litografiados  en hojalata, que los asistentes colocaban con orgullo en su prenda, cerca del corazón. A veces, el acto incluía el canto del himno nacional. El remate era una verdadera fiesta de civismo dirigido a los pobres de solemnidad. Siempre había algunos bocados de pan y chorizo, tiras de asado  y bebidas no alcohólicas para calmar el hambre y  sed de los asistentes. 

7º Remate uno por uno. Los  lotes se iban rematando uno por uno, según el número del loteo. Ya tenían asignado un crédito automático,  pagadero en cuotas fijas de  hasta 120  mensualidades.  Cuando alguien compraba el lote,  allí  mismo registraban sus datos personales y se emitía una libreta inmobiliaria, numerada, sellada,  encuadernada y forrada en hule negro, formando parte del título de propiedad inscripto  en la Dirección de Catastro.

8º Libretas inmobiliarias. Esas libretas eran una parte de la propiedad total y como tal podían ser hipotecadas,  compradas, vendidas o cedidas en donación. Poseer la libreta inmobiliaria de hule negro era un orgullo para las personas humildes porque  por pocos pesos mensuales se convertían en propietarios.   
                  
            9º Propietarios, no proletarios. Por primera vez en la vida, contaban  con un capital propio, eran dueños de un título  que los respaldaba y  les servía de garantía para conseguir créditos en tiendas, almacenes de ramos generales y hasta para aspirar a un trabajo estable en  industrias importantes. Posteriormente y de a poco,  el municipio se encargaba  pavimentar las calles del loteo, instalar los servicios de electricidad, gas, agua potable y la red cloacal. El martillero era el que gestionaba todas estas obras de urbanización.

         10 º Inscripción en Catastro. Después de emitidas, las libretas  se inscribían en el Registro de la Propiedad y a partir de allí eran dueños-propietarios del terreno. Sin trámites bancarios  recibían el primer crédito importante de largo plazo. Era un acontecimiento imborrable para las familias.  El parcelamiento de las tierras daba  origen a la formación de los nuevos barrios y uno de los pioneros que contribuyó a la formación de las ciudades  fueron don Rodolfo J.W.  Vinelli y su padre don Francisco F. Vinelli  (1876-1970). En 1906 inició  el parcelamiento de las primitivas quintas en Ituzaingó y  permitiendo la instalación de nuevos núcleos poblacionales.

LOS TECNOCRATAS   DE SIEMPRE.

Esos tiempos de bonanza para las personas humildes comenzaron a  desaparecer a partir a mediados de los ’70, y se acrecentaron con  el  shock devaluatorio de  Celestino Rodrigo,  ministro de economía de la primera mujer presidenta que tuvo el país.

Como consecuencia del sinceramiento de tarifas,  ocurrido después del patoteril control  de precios de José Ber Gelbard y del congelamiento de salarios precedente, se desató una inflación incontenible que produjo  la devastación  de  los ahorros. Las posibilidades de construir viviendas por el sistema de ajuste alzado a precios fijos inamovibles fueron liquidadas. Muchas  empresas constructoras quebraron.
         Pocos años después, en 1977   y desde el  decreto-ley 8.912/77,  llamado pomposamente “Ley de Ordenamiento territorial y  uso del suelo”,  comenzaron a surgir por todo el país  leyes regulatorias que impedían los clásicos loteos exigiendo a los martilleros  dotar previamente a los terrenos suburbanos de una planificación que el Estado no tenía, con  infraestructura sumamente costosa y compleja  compuesta de pavimentos de hormigón, cordones y  veredas, faroles de alumbrado público, servicios de agua y red cloacal hasta la puerta del lote, cañerías para la distribución de gas y  cámaras subterráneas para equipos de transformación y rebaje de energía eléctrica domiciliaria. Es decir que el Estado quiso desentenderse de una función esencial de los municipios y tirarle el fardo a los privados.
En un marco de inestabilidad monetaria y con costos crecientes, esa infraestructura implicaba una altísima inversión de riesgo que no podía ser pagada por los humildes compradores de los viejos loteos.
         Por lo tanto el mercado del loteo desapareció y  la vivienda  fue inaccesible para ellos.

Las operaciones inmobiliarias se redujeron  a personas de altísimos  niveles de ingreso que,  por  moda cultural,  decidieron mudarse a countries  y barrios cerrados en los alrededores de las grandes ciudades. Los pobres y la clase media con escasos recursos no tuvieron nunca más acceso a una vivienda hecha con sus propios ahorros.  Fue un proceso inverso al que se llevó a cabo en Europa durante el Renacimiento y la Epoca Moderna, que consistía en la creación y desarrollo de ciudades. Aquí, ahora las ciudades se despoblaron de personas de buenos recursos que se  recluyen en esos castillos almenados rodeados de un foso de alambres de púas y concertinas denominados “BARRIOS CERRADOS”.

         El orden natural por el cual los pobres también podían llegar a ser propietarios había sido destruido y comenzaron a surgir los asentamientos irregulares, las villas de emergencia y los tenebrosos barrios de viviendas colectivas convertidos en refugio de delincuentes donde la policía y los servicios de emergencia médica temen ingresar.
  
EL RETORNO A LA PROPIEDAD PRIVADA.

         El problema de las villas miserias no tiene solución alguna si no se encara como una operación de gran prioridad para volver a convertir a los proletarios en propietarios.

         El acceso a la propiedad privada y  el otorgamiento de títulos de propiedad transferibles constituyen tareas prioritarias. Luego vendrá  la urbanización de las actuales villas, abriendo accesos y calles adecuadas con una reparcelización de aquellos habitantes a quienes habrá que expropiarles el terreno ocupado.

 Otras  cuestiones  importantes son: la delimitación física de la villa miseria para evitar que se siga expandiendo y la construcción,  en cada lote,  de un núcleo central  compuesto por  baño, cocina y sistema de desagües de aguas servidas, dejando que en el resto del terreno los ocupantes-propietarios construyan las habitaciones que necesiten y puedan.

         El ser humano satisface sus necesidades transformando las cosas que le rodean, pero cuando construye algo y  lo utiliza,  necesita que ese proceso sea  controlado y dirigido por alguien.  Para ello es necesario que  pueda decirse “yo cuido de esto” y “nadie sin mi permiso puede tocarlo”.

         En todas las lenguas del mundo, esa  función de fiscalizar la acción económica, tiene vocablos como “mío”, “tuyo”,  “de mi padre”, “de mis hijos” o “del municipio”,  los cuales se resumen en dos  sustantivos esenciales de la naturaleza humana: “propiedad” y “dominio”.  

Cualquier acción para producir y consumir riqueza es imposible sin que alguien pueda y tenga el derecho a  fiscalizar el proceso de creación de riqueza.

         Lo deprimente de las villas miseria es precisamente la absoluta y total carencia de propiedad privada, representada por un título de propiedad, lo cual significa que esas covachas donde habitan no es de nadie y un buen día pueden ser desalojados o desplazados por acción de alguien más poderoso. Finalmente ese poderoso no es el funcionario del Estado, ni el capitalista inmobiliario, sino el narcotraficante que edifica su poder en medio de la anarquía.  


Rosario, Agosto de 2015.

Dr.  Antonio I. Margariti